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Querido Dios, Tú eres juez justo, santo y verdadero. Tú eres el Dios de las Alturas, nos has dado la vida y tienes todo el poder...

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Oración para cuando te sientas solo

Amado Jesús, sufro la soledad y siento que ya no puedo hacerle frente a la vida. El mundo se ha vuelto una simple rutina, causándome frustración. Muéstrame otro camino...

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Devoción a la Virgen de Guadalupe

El «Nican Mopohua», o la historia de Nuestra Señora de Guadalupe, narrada por el indígena Don Antonio Valeriano nos dice: que el sábado 9 de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de mañana a la ciudad de México a asistir a clase de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac escuchó que le llamaban de arriba del cerro diciendo: “Juanito, Juan Dieguito”

Él subió a la cumbre y vió  a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: 


“Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo. Anda y pon todo tu esfuerzo”.

«Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo. Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México». Y sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. 

Cuando el obispo oyó lo que le decía Juan Diego, no le creyó. Solamente le dijo: Otro día vendrás y te oiré despacio”. Juan Diego se volvió muy triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje».

En el mismo día se volvió; se fue derecho a la cumbre del cerrillo, y acertó con la Señora del cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera. Al verla, se postró delante de ella y le dijo: Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui adonde me enviaste a cumplir tu mandato, expuse tu mensaje al Sr. Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. 

Comprendí perfectamente en la manera como me respondió, que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy un hombrecillo, el último de todos. Perdóname que te cause gran pesadumbre, Señora y Dueña mía.

Le respondió la Santísima Virgen: Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la Siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía.

Pero al día siguiente el domingo 10, el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo que era necesaria alguna señal maravillosa para que se pudiera creer que sí era cierto lo que enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.

En el Tepeyac, en la tarde: “Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes 11, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugara saliera y viniera a Tlatelolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría».


Continua